Hace siete años, cuando recibí el diagnóstico, mi mundo se paró de golpe. Los dolores óseos eran tan atroces y penetrantes que me dejaron prácticamente postrada en una cama. Tardé meses enteros en volver a recuperar algo parecido a la movilidad, y aun así, mi cuerpo ya nunca volvió a ser el mismo.
Con cada recaída, el fantasma del dolor regresaba con la misma fuerza, incapacitándome de nuevo. A eso se sumaron los estragos colaterales: los procesos de ansiedad y, muy especialmente, la dexametasona. Entre unas cosas y otras llegué a subir 44 kilos.
Hace unos meses llegué a un límite. Estaba agotada de sentirme mal por la falta de pelo, por el estado de mis uñas, por verme con sobrepeso ante el espejo… en definitiva, agotada de habitar un cuerpo que sentía completamente ajeno. Así que tomé una decisión que durante años creí impensable: apuntarme al gimnasio.

Derribando barreras
Durante mucho tiempo viví con una lista mental interminable de «no puedes». Y tenía toda la lógica: mis huesos están dañados y carcomidos por la enfermedad. Obviamente, el deporte de impacto está totalmente descartado: ni saltos, ni carreras, ni movimientos bruscos. Incluso la cinta de andar me resulta imposible; tengo tres abultamientos en las cervicales que me provocan vértigos, y el movimiento de la cinta solo empeora los mareos.
Además, durante años se me desaconsejó el trabajo de fuerza. Entre el miedo propio y las advertencias médicas, la inmovilidad parecía el único camino seguro. Pero el sedentarismo forzado también pasa factura: atrofia muscular, pérdida de energía y un dolor que se retroalimenta.
Este año decidí cambiar de enfoque. Si el impacto estaba prohibido y el peso libre entrañaba riesgos, la solución no era quedarme sentada en el sofá: eran las máquinas guiadas y las poleas.
Mi rutina
Voy al gimnasio en días alternos y trabajo cada día un grupo muscular distinto (Pierna, Espalda/Bíceps, Hombro/Core y Pecho/Tríceps). El secreto no está en batir récords absurdos, sino en la estabilidad biomecánica:
La espalda siempre apoyada en respaldos firmes para no cargar peso sobre las vértebras.
El recorrido de las cargas siempre fijo para evitar desequilibrios.
Progresiones milimétricas que desafían al músculo sin comprometer el hueso.
Mi división de entrenamiento
| Día / Grupo Muscular | Ejercicios y Máquinas habituales | ¿Por qué es seguro para mis huesos? | Beneficio directo |
| Día 1: Pierna completa (Tren inferior) | • Prensa inclinada / Leg press • Curl femoral sentado (leg curl) • Extensión de cuádriceps • Máquina de aductores y abductores | Al apoyar la espalda en el respaldo de las máquinas, se elimina la carga axial sobre las vértebras lumbares y cervicales (nada de sentadillas libres con barra). | Refuerza rodillas y caderas, mejora la masa muscular de las piernas para caminar con firmeza y no genera impacto articular. |
| Día 2: Espalda y Bíceps (Tracción) | • Jalón en máquina libre / divergente • Jalón al pecho en polea (agarre cerrado/abierto) • Remo en máquina o polea baja • Curl de bíceps en banco o mancuernas ligeras | Los jalones y remos con el pecho apoyado o el cuerpo sentado bloquean el torso, impidiendo tirones lumbares o balanceos peligrosos. | Corrige la postura tras meses de encamamiento, tonifica la parte alta de la espalda y reduce la tensión cervical. |
| Día 3: Hombro y Core (Estabilidad) | • Press militar guiado en máquina • Elevaciones laterales en polea unilateral • Máquina de hombro posterior / deltoides (hombro abierto) • Máquina de abdominales controlada | La polea permite una resistencia continua y progresiones de peso muy pequeñas, evitando que las articulaciones sufran tirones secos. | Estabiliza los hombros, fortalece la faja abdominal para proteger la columna y combate la debilidad muscular general. |
| Día 4: Pecho y Tríceps (Empuje) | • Press inclinado unilateral (disco/palanca libre) • Cruces de polea / aperturas guiadas • Fondos sentados en máquina (seated dip) • Extensiones de tríceps | El recorrido guiado de las palancas y poleas evita que una mancuerna o barra pesada pierda el control y caiga sobre el esternón o las costillas. | Devuelve la fuerza de empuje para la vida cotidiana, tonifica brazos y abre la caja torácica sin forzar las vértebras. |
Lo que ha cambiado (y no es solo el físico)
A quien no haya pasado por esto le puede parecer una exageración, pero dar este paso ha marcado un antes y un después en mi calidad de vida:
El estado de ánimo y la energía: Mover los músculos libera una química cerebral que ningún ansiolítico me había dado. El humor me ha cambiado por completo y he roto el círculo de la astenia; cuanto más me muevo de forma controlada, más energía tengo para el día a día.
Volumen y sensación corporal: He empezado a bajar volumen, pero sobre todo siento el cuerpo "despierto" y firme, no una masa débil que solo responde con dolor. Además me ha corregido la postura encorvada y parece que haya "crecido".
Piel más oxigenada: Dentro de las limitaciones que impone el tratamiento, la activación circulatoria se nota en el tono y aspecto de la piel.
Recuperar el control: Verse sin pelo o con las uñas dañadas te hace sentir víctima pasiva de la medicación. Entrar a la sala de máquinas y empujar peso me devuelve la sensación de que mi cuerpo todavía me pertenece y es capaz de esforzarse.
El ejercicio en pacientes oncológicos no va de estética ni de encajar en cánones imposibles. Va de supervivencia funcional, de proteger lo que tenemos y de no rendirnos ante la atrofia.
¿Te han limitado o prohibido el ejercicio durante tu tratamiento? ¿Has probado a adaptar tu actividad en máquinas o poleas? Cuéntame tu experiencia en los comentarios.
Aviso de salud: Esta entrada recoge exclusivamente mi vivencia personal. Tengo lesiones óseas y cervicales diagnosticadas y mi rutina está totalmente adaptada a mi caso. Consulta siempre con tu equipo de hematología u oncología antes de iniciar cualquier actividad física, y hazlo siempre bajo supervisión.
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