Hace siete años, cuando recibí el diagnóstico, mi mundo se paró de golpe. Los dolores óseos eran tan atroces y penetrantes que me dejaron prácticamente postrada en una cama. Tardé meses enteros en volver a recuperar algo parecido a la movilidad, y aun así, mi cuerpo ya nunca volvió a ser el mismo.
Con cada recaída, el fantasma del dolor regresaba con la misma fuerza, incapacitándome de nuevo. A eso se sumaron los estragos colaterales: los procesos de ansiedad y, muy especialmente, la dexametasona. Entre unas cosas y otras llegué a subir 44 kilos.
Hace unos meses llegué a un límite. Estaba agotada de sentirme mal por la falta de pelo, por el estado de mis uñas, por verme con sobrepeso ante el espejo… en definitiva, agotada de habitar un cuerpo que sentía completamente ajeno. Así que tomé una decisión que durante años creí impensable: apuntarme al gimnasio.



