Hay efectos secundarios de los que todo el mundo te avisa: que se te va a caer el pelo, que vas a tener náuseas, que la radioterapia quema o que los tratamientos biológicos te secan la piel hasta las pestañas. Pero hay otro peaje del que apenas se habla en las consultas y que resulta profundamente desconcertante: la sensación de que, poco a poco, vas perdiendo la cabeza.
Entras en una habitación y te quedas mirando a la pared sin saber a qué ibas. Estás en mitad de una frase y, de golpe, la palabra más elemental del diccionario desaparece de tu mente. Lees dos párrafos de un libro y te das cuenta de que tus ojos se han movido mecánicamente sin procesar ni una sola letra. Intentas hacer dos cosas a la vez y colapsas.




