Hay efectos secundarios de los que todo el mundo te avisa: que se te va a caer el pelo, que vas a tener náuseas, que la radioterapia quema o que los tratamientos biológicos te secan la piel hasta las pestañas. Pero hay otro peaje del que apenas se habla en las consultas y que resulta profundamente desconcertante: la sensación de que, poco a poco, vas perdiendo la cabeza.
Entras en una habitación y te quedas mirando a la pared sin saber a qué ibas. Estás en mitad de una frase y, de golpe, la palabra más elemental del diccionario desaparece de tu mente. Lees dos párrafos de un libro y te das cuenta de que tus ojos se han movido mecánicamente sin procesar ni una sola letra. Intentas hacer dos cosas a la vez y colapsas.
Durante mucho tiempo pensé que era torpeza mía, estrés o puro cansancio. En la consulta, cuando te atreves a comentarlo tímidamente, la respuesta suele ser una palmada al aire: "Es normal, con todo lo que llevas encima". Pero no es cansancio común. Tiene nombre médico, base biológica y es hora de sacarlo del armario: se llama chemobrain (o deterioro cognitivo relacionado con el cáncer).
¿Qué es exactamente y qué le pasa a nuestro cerebro?
El chemobrain no es un invento, ni debilidad, ni falta de actitud. Es una alteración orgánica y medible de las redes neuronales producida por los tratamientos oncológicos y la respuesta del organismo:
Neuroinflamación constante: Los fármacos activan señales de alarma en el sistema inmune (las temidas citoquinas). Estas moléculas inflamatorias llegan al sistema nervioso y entorpecen la comunicación entre neuronas.
Desgaste del cableado (mielina): Los tratamientos erosionan la vaina protectora que recubre los nervios, haciendo que los impulsos eléctricos viajen a cámara lenta.
El hipocampo bajo ataque: Se frena en seco la creación de nuevas neuronas en el hipocampo, la zona encargada de la memoria reciente y el aprendizaje.
El cóctel añadido: Sumado al insomnio crónico, la anemia, el dolor y los analgésicos potentes, el resultado es un cerebro obligado a funcionar con la batería bajo mínimos.
Y no es exclusivo de un solo diagnóstico: desde las quimioterapias clásicas con platinos o taxanos (mama, pulmón, digestivos), los bloqueos hormonales severos, hasta las terapias con corticoides en altas dosis, inmunomoduladores o los anticuerpos biespecíficos que recibo para el mieloma múltiple. En mayor o menor medida, casi cualquier paciente oncológico comparte esta misma factura biológica.
Cuando tu cerebro baja el interruptor: mi intento en la universidad
Tiempo atrás quise estudiar. De hecho, me matriculé en la universidad porque quería aprovechar el tiempo y tener la oportunidad de trabajar en algo que me gustase. Tuve que dejarlo.
Durante los dos años que estuve asistiendo a clase y estudiando en casa, no fui capaz de memorizar ni de aprobar un solo examen. Dedicaba horas y horas, probé diferentes métodos de estudio… y nada funcionó. El nivel de frustración es infinito, no hay consuelo posible. Por un lado, la enfermedad te produce dolor físico, cansancio y otros síntomas que te impiden llevar el día a día con normalidad; por otro, resulta que tu mente decide bajar el interruptor y dice que no, que no funciona más.
Lo peor era sentirme incomprendida. Había quien lo veía simplemente como una falta de compromiso, de… (ironías del destino, ni me sale la palabra), desinterés... Por más que dijera que era incapaz de retener nada y que no me acordaba de lo que habíamos hablado en clase, no me creían. Pensaban que si soy constante y dedico el tiempo necesario, sacaría la carrera sin problema.
Hasta que no hablé con una psicóloga especializada en pacientes oncológicos, no supe que lo que me ocurría era completamente normal. Me estaba exigiendo demasiado en un momento en el que mi cuerpo y mi cerebro estaban volcados en lo verdaderamente urgente: luchar por sobrevivir.
Ella me enseñó a marcarme metas muy pequeñas, y es lo que aplico desde entonces. Poco a poco he ido aprendiendo a respetarme más y a tener paciencia con estas lagunas. En fin, es lo que hay.
La gran pregunta: ¿Esto es para siempre o tiene vuelta atrás?
Una de las dudas que más angustia da cuando te ves así es pensar si te has quedado «tocada» para siempre. La respuesta médica y real es un respiro: no es un daño irreversible, no es una demencia ni un fallo cognitivo degenerativo.
El cerebro tiene neuroplasticidad, una capacidad increíble para reparar conexiones y buscar rutas alternativas en cuanto el entorno se calma. Lo que ocurre depende mucho del tipo de tratamiento:
Quienes pasan por tratamientos con fecha de inicio y final (como las quimios de unos meses) suelen notar que la niebla se disipa progresivamente entre los 6 meses y los dos años posteriores.
En casos como el mío, con tratamientos continuos de mantenimiento o biespecíficos donde no hay un parón definitivo, la recuperación no sigue ese ritmo porque el cuerpo no tiene descanso de la inflamación. La niebla se mantiene ahí, fluctuando según el cansancio o los días de medicación.
Saber que no son «neuronas muertas», sino un cerebro inflamado que hace lo que puede con la energía que tiene, cambia por completo la perspectiva.
Así que, aunque mi camino es difícil, conservo aún la ilusión y esperanza de retomar la carrera un día y poder acabarla.
Aprender a convivir con la versión "a cámara lenta"
Aceptar que tu mente no procesa al ritmo de antes es un duelo doloroso sobre tu propia autonomía. Con el tiempo he aprendido que castigarme o enfadarme solo añade más niebla al asunto.
Mis reglas cotidianas de supervivencia ahora son claras:
Una memoria externa: Libreta o notas en el móvil. Si no apunto algo en el segundo exacto en que lo pienso, se desvanece.
Monotarea preferiblemente: Una sola cosa a la vez. Si estoy cocinando no salgo a tender la ropa o a barrer el salón porque se me olvida la comida en el fuego y la quemo.
Ponerle nombre: Decirle a mi entorno con total naturalidad, sin tabús: "Espérate, se me ha olvidado lo que iba a decir, dame un segundo que me vuelva" o "Recuérdame esto mañana, que en un rato lo he olvidado".
Dejar de fingir que no pasa nada quita un peso enorme de encima. Si te pasa a ti también, con el tumor o el tratamiento que sea: no estás perdiendo el juicio, tus neuronas están pagando el peaje químico de seguir aquí.
¿Reconoces esta niebla en tu día a día? ¿Qué proyectos o tareas cotidianas se te han resistido por culpa del tratamiento? Os leo en comentarios.

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