Mucho antes de que el cáncer y los tratamientos aparecieran en mi vida, el cuidado del cabello ya era un auténtico dolor de cabeza para mí.
Tenía el clásico combo frustrante: pelo seco en medios y puntas, pero un cuero cabelludo tan graso que me obligaba a lavarlo a diario. Cuanto más champú purificante o para cabello graso utilizaba, peor era el panorama. Con el tiempo entendí la trampa: los champús convencionales usan sulfatos tan potentes y agentes acondicionadores tan pesados que barren el manto lipídico natural. ¿La respuesta de la piel? Un efecto rebote brutal, produciendo más sebo para protegerse mientras la fibra capilar se rompía de sequedad.
Un día decidí probar los jabones de bebé. El cambio fue radical: el cuero cabelludo se equilibró, la grasa dejó de descontrolarse, el pelo recuperó soltura y pude espaciar los lavados. Y cuando años más tarde llegaron los tratamientos oncológicos y la hipersensibilidad, estos productos ya eran mi refugio seguro.








